Audio: La cotorra criolla

por Skinner

Me gusta la cotorra y aquí estoy pues,
con mi cotorra criolla que no habla inglés.
Vivo en Caricuao, trabajo en El Marqués,
y llevo leña en esta vida al derecho y al revés;
le debo al italiano, al portugués,
al turco, al zapatero y a Doña Inés,
y me botan para la calle si no pago en este mes.
¿Cómo la ves? ¿Cómo la ves?
Tengo que levantarme de madrugada
y meterme en una cola requetecondenada;
veo a la gente enfurruñada.
Como mi jefe no come nada,
si le llego tarde me descuenta una tajada;
maldito viejo cara arrugada,
con ojos de cangrejo y la panza hinchada.

¡Y eso no es nada! ¡Y eso no es nada!

Los cuatro reales que uno se gana
me los pagan hoy y no llegan a mañana.
Veo que todo sube como le da la gana.
Mi mujercita tanto que se afana
para montar la olla o la palangana;
saltando en los mercados igualito que una rana,
buscando un kilo de carne aunque sea de iguana.
¡Te lo juro pana! ¡Te lo juro pana!

Dígame el precio a que está el café,
la leche, las galletas y el papel tualé.
Tomate y papa y queso barato se ve
solamente en las cuñas de la T.V.
Si son las frutas, dígame usted,
quedaron para los ricos y familias de caché,
y van acostumbrarnos por ahora a no comer.

¡Sí, comonié, comonié!

Subieron los pasajes de autobuses y de carros,
¿el cinturón? yo me lo amarro;
y no he caído porque me agarro.
Ya casi no me baño porque el agua es puro barro,
subí de peso con tanto sarro,
no puedo ni afeitarme, no hay agua en el tarro
y mi hijo no sabe ni dónde queda el barrio.

¡Pásame un jarro! ¡Pásame un jarro!

Aumentan los salarios pero sube la comida,
subieron la tarifa en la barbería,
y si la ropa mando para la tintorería
me quedo sin almuerzo por lo menos siete días.
Tampoco pido nada en la pulpería,
el muermo del pulpero ya no me fía.
No puedo con los precios de la zapatería
y las fulanas alpargatas son más caras todavía.

En cuanto a casa y a apartamentos
quisiera consolarme con uno de mis cuentos.
Pero, qué va, no puedo, mucho lo siento,
porque todos han subido hasta el firmamento;
lo que por ellos piden quita el aliento,
cuando hasta un rancho que se lleva el viento
cuesta un ojo de la cara más el diez por ciento.

¡Por el momento! ¡Por el momento!

Si acaso me enfermo, destino fatal,
o la clínica me arruina o me mata el hospital,
¡hay más plata en la farmacia que en el banco nacional!
Si acaso los doctores no pueden con mi mal
hay que sacar más plata para el funeral;
la agencia más humilde, urna sin cristal,
por llevarme al cementerio me cobra un dineral

¡Y me muero igual! ¡Y me muero igual!

“¿Cúanto cuesta un muchacho?” me han preguntado,
¿de familia larga o planificado?
Para tenerlo bien comido, vestido y educado

hay padres que hasta el alma la han empeñado.

Hasta verlo salir de cualquier cosa graduado,

son montones de billetes que en eso se han gastado

Y el que no los ha tenido plata para burro se ha quedado.


¡Chavo tarado! ¡Chavo tarado!



¿A dónde llegará señor esta cuestión?

Le prenden una vela a San Espiridión.

¡Las velas han subido como un avión!

Yo quiero que se arregle mi mala situación,

pero el que arregla esto creo que está de vacación,

o se le está olvidando todo el montón

de castillos y de promesas de antes de la votación.

¡Qué vacilón! ¡Qué vacilón!